Por Adrián Sánchez
¿Cuántos westerns hemos podido ver en los últimos años? Pocos, ¿verdad? No cabe duda, es un género que, de forma paulatina, ha ido desapareciendo de las pantallas de los cines. Si bien no ha muerto por completo, las escasas muestras que ocasionalmente llegan a nuestros ojos han ido derivando, en cierto modo, a algo que cabría denominar “neo-western”. En el presente artículo ofrecemos una aproximación al mismo, y en especial a cuatro representantes destacados.
Que el western como género está cadáver parece algo que no necesita mayor aclaración. Las películas, especialmente norteamericanas, que regresan al mismo son o bien manifestaciones fantomáticas de veneración nostálgica o bien vehículos anómalos en busca de una abstracción que el presente no permite o, en algunos casos, acercamientos historicistas que buscan penetrar en la entraña mitopoética de la construcción de América. Todas estas vías son en no pocos aspectos y en diferentes grados representaciones de lo mismo, una tendencia, posmoderna por explicarlo pedantemente, que tiene que ver con la huida del presente hacia las convenciones (estilísticas, espirituales, históricas, “de valores”), convenientemente aggiornadas, de cines o formulaciones ya prácticamente agotados como vías expresivas, en este caso el western que como género ya ha experimentado todos los estadios posibles, del primitivismo a la plenitud, pasando por la introspección, la desmitificación, la bastardización, la parodia, el revisionismo o el manierismo. El enfoque del western puede ser de este modo honesto pero de imposible fuga respecto a su naturaleza referencial, tanto si esta se produce a favor del género como a la contra del mismo.
Desde el año 2000 hasta ahora quizás las muestras más sólidas -dejando fuera por cuestiones temporales la extraordinaria y muy menospreciada Cabalga con el diablo (Ride with the Devil, 1999) dirigida por el inquieto Ang Lee- hayan aparecido en televisión, ambas contando, además, con la presencia de Walter Hill de por medio, uno de los más esforzados cultivadores del neo-western y, desde luego, el que más rasgos personales ha aportado tras el testamentario Sin perdón (Unforgiven, 1992) de Clint Eastwood, un film que es en sí mismo la fantasmagoría definitiva. Hill ha vuelto en el medio sobre el género tanto desde la óptica de clasicismo revisitado, la vibrante, emocionante Los protectores (Broken Trail, 2006) para la AMC, como abrazando la causa del hiperrealismo para contar la historia del país en virtud de su participación como productor y director del primer episodio en ese monumental fresco descarnado (y simultáneamente estilizado gracias a la infiltración de una veta puramente shakespeariana que hasta incluía el uso del verso en sus alambicados diálogos y monólogos) que fue la finalmente malograda Deadwood para

Fuera quedan otros tantos títulos tanto o más representativos: primero los hermanos Coen proponiendo el (pen)último western estrenado (cerca Cowboys & Aliens del temible Jon Fravreau, más lejos el Django Unchained del incontinente Quentin Tarantino) con la fidedigna adaptación del memorable Valor de ley de Charles Portis, un material extraordinariamente familiar a sus propios intereses y estilo, que resulta una adaptación igual de válida que la realizada por Henry Hathaway en
Por su parte Océanos de fuego (Hidalgo, 2004) al menos proponía una agradable, por modesta, mixtura aventurera entre la variación amable sobre la magistral Muerde la bala (Bite the Bullet, 1975) de Richard Brooks y el habitual tono pseudospielberg de su realizador Joe Johnston, mientras Cold Mountain (Cold Mountain, Anthony Minghella, 2003) intentaba con bastante ínfulas una translación de La odisea al marco de

De igual manera podría mirarse a otros filmes que han evocado la ética del género o su herencia estético-conceptual, y aquí cabrían ese curioso híbrido de chambara, exploit de Mad Max, tebeo, spaghetti-western y western americano que es El libro de Eli (The book of Eli, Albert & Allen Hughes, 2010), la simpática pero menor aportación neozelandesa Tracker (Ian Sharp, 2010), con ciertos parentescos con respecto a Enfrentados pero escaso nervio en su propuesta aventurero-metafísica, malbaratado por su empanada espiritualista y por un exceso de referencias que superan por mucho al talento de sus responsables, la musculosa y pulp Centurión (Centurion, Neil Marshall, 2009), en apariencia un peplum bárbaro, en realidad un western en territorio indio en toda regla, con regusto fantastique y nervio en la realización. Especialmente destacada la metafísica The Proposition (John Hillcoat, 2005), profundamente australiana en su concepción y ejecución en realidad, y perfectamente olvidables la exótica y atorrante El bueno, el feo y el raro (Joheunnom nabbeunnom isanghannom, Kim Jee-woon, 2008) o la olvidada y muy pretenciosa Cenizas y pólvora (Dust, 2001) del entonces celebrado director macedonio Milcho Manchevski, un batiburrillo de saltos temporales e historias cruzadas entre la alegoría, el trauma de la posguerra de los Balcanes y el fetichismo leoneninano mal entendido.

También aproximaciones literalmente contemporáneas, la más cercana en el tiempo No es país para viejos (No Country for Old Men, 2007), otra adaptación de los Coen sobre un material a medida, en esta caso del capital Cormac McCarthy, quien ya aportara el material de base para Todos los caballos bellos (All the Pretty Horses, Billy Bob Thorton, 2000), edulcoración de su poderosa novela de 1992. Igualmente “McCarthyana” resulta la crepuscular y bíblica Los tres entierros de Melquiades Estrada (The Three Burials of Melquíades Estrada, Tommy Lee Jones, 2005), que con justicia debe colocarse entre los mejores western sin apellidos del milenio presente. Algo similar a Una historia de violencia (A History of Violence, 2005) sorpresiva aportación de David Cronenberg entre algún western con Glenn Ford y el noir rural. Más cerca del americana, decididamente emparentada con la relectura del melodrama que el cine norteamericano emprendió en los sesenta a través de títulos de filiación country como Hud (Hud, Martin Ritt, 1963) se encuentra Brokeback Mountain (Brokeback Mountain, Ang Lee, 2005).

Y si es por exotismo, y recontextualización espacio/temporal, bien pueden listarse la singular y desmelenada, entre el spaghetti-western, Sam Peckinpah y el heroic bloodshed, Exiles de Johnnie To o la espléndida Un hombre sin pasado (Mies vailla menneisyyttä, 2002) donde Aki Kaurismäki acerca con sinceridad su personal discurso al western logrando reflejar como pocas películas contemporáneas la ética profunda del mismo. Aunque puesto a lo inclasificable, Las lágrimas del Tigre Negro (Fa talai jone), aportación filipina de Wisit Sartsanatieng, gana por goleada. Fue el sabor festivalero del 2000, y como tal está caducado, pero su delirio kitsch y su desprejuiciada alma de telenovela todavía al mantienen disfrutable, a su manera, claro está.
Después de esta excursión quedan a la vista multitud de trabajos alumbrados en una década y pico, en diferentes cinematografías y por diferentes sensibilidades (algo posible gracias a la internacionalización del género en los sesenta, no hay que olvidarlo, que culminó con la realidad de un género más que norteamericano, universal gracias, precisamente a su vigor mitológico-legendario), que desde luego pueden dar la apariencia de un género activo, lo cual no es exactamente lo mismo que un género vivo, ya que, como quedó expuesto al principio, estamos tratando con la retroalimentación constante, con el fetichismo por una imaginería acometida desde diferente tipos de nostalgia. Regresando a los límites impuestos y acotando ya las digresiones, la muestra queda reducida a cuatro títulos representativos, exclusivamente norteamericanos, que ilustran los diferentes enfoques antedichos: desde las resurrecciones, no del clasicismo, sino de la idea del clasicismo que representan Open Range y Appaloosa, hasta la excusa del género que encarna El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford pasando por el western contaminado/fronterizo de Enfrentados.
Open Range
Un western simpático y hasta admirable en su honestidad, conocimiento y amor por el género en el cual el divo Kevin Costner supera ampliamente su previa, absurdamente prestigiosa e interminablemente pretenciosa, Bailando Con Lobos (Dancing With Wolves, 1990), desde una óptica de modestia reverencial y sobriedad formal por completo sorprendentes, aunque no pueda obviarse su verdadera naturaleza de serie-b engordada por la nostalgia. Remonta una historia archiconocida -unos hoscos vaqueros enfrentados al cacique de turno- con claras e indisimuladas influencias o precedentes a los que alude con respeto. Todo sea dicho, una virtud relativa, en cuanto que ello le cueste la total carencia de personalidad propia, siendo sustituida por un muestrario muy bien contando, eso sí, de lugares cinéfilos; a la cabeza los clásicos de Anthony Mann, el personaje de Costner, un ex-pistolero de íntima relación con la violencia que pretende vivir apartado de la misma, remite en parte a los recurrentes anti-héroes encarnados por un James Stewart en la cumbre de la neurosis interpretativa, en parte a los tortuosos y nobles roles habituales de Glenn Ford. También se recurre estéticamente a la suciedad y brutalidad del rotundo Sin perdón, el cual es fusilado en el largo tramo de la espera por el tiroteo final, alargada (en exceso) por la presencia incesante de la lluvia que convierte el pueblo en un barrizal.

Así y todo, la cinta está punteada con detalles realmente hermosos y recios, tanto visualmente gracias a una fotografía estupenda, a la vez densa y luminosamente naturalista, aunque el Costner director se siga recreando en exceso en lo paisajístico/contemplativo frente a la fisicidad telúrica de los maestros en los cuales pretende reflejarse, como argumentalmente. Esto es, la bella historia de amor en el ocaso entre el personaje que interpreta (muy bien) Annette Bening y el adusto pistolero personificado por un Kevin Costner apropiadamente lacónico que deja el memorable y estremecedor detalle del encargo de la vajilla de porcelana antes de duelo final. Un showdown que, si bien se hace esperar, resulta ser lo mejor de la cinta y uno de los mejores momento del neo-western, un potentísimo remate rodado con genuino nervio genial y sorpresivamente inaugurado, y cuya estenografía, parcialmente su planificación, en nada su significación, remiten al formidable tiroteo fantastique de El jinete pálido (The Pale Rider, Clint Eastwood, 1985).

Enfrentados (Seraphim Falls)
Quizás por el hecho de venir bajo la firma de un desconocido proveniente, además, de la televisión, en lugar de con la prestigiosa impronta de algún actor avalándola (no deja de ser curioso que tanto Open Range como Appaloosa compartan esta característica en algo que podría leerse como la satisfacción personal de fabricarse filmes y personajes de “los que ya no se hacen”), el que es seguramente el neo-western más estimulante y de mayor personalidad de cuantos el cine norteamericano ha entregado en dos décadas pasó sin pena ni gloria.

El resultado se acerca en apariencia a los márgenes del género (¿es un western, es un film de aventuras?), pero en realidad está fuertemente enraizado en lo profundo del mismo, más allá de su envoltorio violento y feroz, frisando en determinados momentos hasta con el survival horror versión bosques. Rugoso y más sofisticado de lo que intenta aparentar, se mueve entre el primitivismo aventurero y el western metafísico con resultados irregulares pero estimulantes y bien apreciables. Abstracto y telúrico, afanosamente bíblico, narra el duelo épico (anti-épico, más bien) entre dos personalidades homéricas que son puro arquetipo pese a que ambos cuenten con un background que intenta humanizar su conflicto, cuando la realidad es que este gana cuanto mayor es su inconcreción.

Así, lo que comienza como un canónico relato de supervivencia y acoso (con ecos del Caza salvaje de Peter Hunt), tanto contra el medio como contra unos enemigos que superan en número a la presa y donde se extrae óptimo partido de un entorno agreste e inhóspito, unas montañas nevadas en las que el frío hace crujir los huesos, deriva hacia un cara a cara metafísico en pleno desierto, donde se da un giro fantastique (que puede recordar a ciertas ideas de Jodorowsky e incluso a ese estrafalario clásico marcial que es El círculo de hierro, dirigida por Richard Moore en 1978), ciertamente bien llevado, pero que no sé si acaba de sentarle bien a un conjunto que en sus mejores momentos representa un digno acercamiento a las constantes más íntimas del western según Budd Boetticher, una versión modernizada y (aun) más estilizada de aquellos héroes monomaníacos y aquellos villanos complejos y tortuosos, pero también del significado mismo del viaje (a ninguna parte) y de su personal sentido dramático del paisaje como abstracción, un lugar mitológico, inacabable, invencible, aunque esta característica no es integral sino que se encuentra matizada por la extraordinaria fotografía de John Toll, que logra transmitir la contundente fisicidad del entorno acercándolo, en ese sentido al empleo que del mismo hacía Anthony Mann como objetivo, indiferente, a batir o conquistar, donde si hay que cruzar un río se cruza, y si hay que pasar una montaña se pasa. Lastrada por una duración un tanto por encima de lo que la historia requiere y por la inclusión de un grosero flashback explicativo que no solo no aporta nada, sino que explicita vulgarmente lo que era mejor cuanto más oscuro. Con todo, supone un intento loable competentemente interpretado, con mención honorífica para Pierce Brosnan, y pertrechado con una dirección concreta y sin florituras.

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford
En este breviario sobre la naturaleza del género en el cine del siglo XIX, El asesinato de Jesse James... vendría a ocupar la posición de la propuesta de autor, la cinta de prestigio, la reflexión a partir del género que no la reflexión sobre el género, un estrato que podría compartir con la extraña El perdón. El film del joven neozelandés Andrew Dominik, revelado al público europeo en Chopper (Chopper, 2000), un brutal mixtura de biopic demente y comedia negra sobre el más célebre convicto del país, es el mayor espectro del género propuesto en el siglo, sensación potenciada por la mesmerizante banda sonora compuesta por el gran Nick Cave y por Warren Ellis, violinista de los Dirty Three y también de los Bad Seeds.

Un western nominal que emplea la mitopoética inherente al mismo para continuar, a partir de aquí, un discurso ya presente en ese trabajo previo, una mirada al panteón de los outlaws y sobre la fabricación de los mitos populares. Si Chopper se articulaba en la costra, los mass media y la violencia descerebrada, la presente lo hace en la fascinación legendaria, el imaginario colectivo y la creación ficcional de la historia. Jesse James es aquí un héroe trágico, tortuoso y distante, casi homérico, cuya predestinación como leyenda está obligatoriamente unida a un destino fatalista, inapelablemente heroico, como es la muerte. Para transcender, el héroe mitológico debe morir, para alcanzar la categoría de leyenda tiene que tener un final a la altura; Dominik no se contiene en subrayar el momento del asesinato dando la impresión de que James lo espera conscientemente, como un paso natural en el curso de su existencia.

De este modo, Robert Ford emerge como la contrafigura, literal y metafórica, como el anti-héroe definitivo. Si Jesse James es hermoso, solar y magnético, Robert Ford será feo, fosco y repulsivo. La disimilitud física marca la distancia, nuevamente olímpica entre el que es y el que quiere ser. En estos elementos radica lo mejor de la cinta de Dominik, pero de justicia es señalar que no le pertenecen totalmente, sino que son una hábil transposición de la magnífica, mucho más que sustanciosa e increíblemente audaz Balas vengadoras (I Shot Jesse James), primera película rodada por el gran Sam Fuller en 1949, un western extravagante, original y desquilibrado (en todo los sentidos) sobre el peso de convertir a un hombre en leyenda y en donde ya refulgen las constantes temáticas y visuales que lo convertirían en uno de los grandes francotiradores del cine norteamericano.

Los elementos más poderosos y palpitantes de El asesinato de Jesse James... están directamente tomados de la semiolvidada joya de Fuller, principalmente aquellos que tiene que ver con la desesperación romántico-fetichista de tono descaradamente homoerótico (Casey Aflek alisando de forma amorosa las sábanas de la cama donde acaba de dormir Brad Pitt) al punto de confundir el “querer ser” con el “querer poseer”. Igualmente retoma, de manera muy similar el periplo de Ford tras la muerte de James durante el cual revive, de modo ritualizado el asesinato/posesión/transposición, una fantasmagoría morbosa, con el protagonista obligado por su propia mano a revivir una y otra vez el ciclo de muerte, una ceremonia de romanticismo necrófilo estremecedor en el film de Fuller y que aquí no alcanza esas alturas pese a contarse entre lo mejor de la película.

Así, la presente cinta alcanza sus mayores logros cundo se ciñe a ser una puesta al día de la temática de Balas vengadoras, una suerte de reinterpretación filmada con una estética prestada, en su mayoría, a Terrence Malik, con todos los peligros que esto conlleva en cuanto a preciosismo recreativo, acerca de la fascinación, el enamoramiento, el deseo de ser el otro y la mitificación, mientras que se pierde en vericuetos y digresiones que alargan un metraje ya de por sí dado a lo contemplativo, y durante el cual se hacen presentes, a modo de cita espiritual, casi todas las apariciones del forajido, desde Lang a Ray y hasta Kaufman o Hill (curiosamente, el título con el cual más emparentado por tema-voluntad esté el de Dominik sea con el minusvalorado Wild Bill que Walter Hill filmó en 1995), tomado de ellos elementos románticos o veristas pero curiosa, y por fortuna, desestimando la desmitificación, y eso pese a poder localizarse aspectos formales que recuerdan a Los vividores (McCabe and Mrs Miller, 1971) de Robert Altman.

Appaloosa
Appaloosa extrema en bastantes aspectos el componente eminentemente nostálgico que domina Open Range, pero lo hace desde una óptica diferente. Frente a la gravedad del título de Costner, opone un aire irónico, mundano y ligero que inclina el asunto hacia una revisión del western con encanto, haciendo bandera de las ya mentadas honestidad y la modestia de género que permiten remitirse sin sombra de cinismo, con limpieza, a títulos de esa época clásica que se pretende resucitar con el peligro obvio de confundir clasicismo y academicismo, elegancia y naftalina. Harris toma como objeto preeminente de fetichismo dos títulos de mayor divergencia (tonal, formal…) imposible: la mágica Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, John Ford, 1966), de la cual intenta (un imposible, claro) tomar prestado su peculiar tempo narrativo y ese humor a la vez humanista y extemporáneo, y la espesa El hombre de las pistolas de oro (Warlock, 1959), un film de Edward Dmytryk perteneciente a la vertiente psicológica del género y algo olvidada, de la que el film de Harris hereda su anécdota argumental y algún que otro elemento reflexivo en torno a la violencia, los que la pagan y los que la ejecutan a través de las fuerzas vivas de un pueblo que contrata a dos alguaciles profesionales para limpiar su pueblo de malhechores. La película de Dmytryk adaptaba superficialmente una imponente novela de Oakley Hall, Warlock, afortunadamente hoy recuperada en una formidable edición en español a cargo de Galaxia Gutenberg, que suponía un fresco social sobre el crecimiento de un villorrio y cuya influencia se deja notar tanto en esta Appaloosa como en aspectos fundamentales de la sensacional Deadwood. De rebote, Appaloosa delata igualmente una atención al detalle histórico en cuanto a vestuario, lenguaje y mímica, herencia directa del serial televisivo antedicho, aunque bien pudiera ser que algunas características en este sentido ya vinieran de fábrica en al novela adaptada, otra característica compartida con Open Range.
Lo mejor y más interesante del trabajo de Harris nace de la colisión entre clasicismo y modernidad, que dota de una mirada hasta cierto punto personal sobre el western a todo el invento, formulando así un film que basa su seducción en un admirable sentido de la observación, en ese detallismo más atento a la anécdota que a la épica (hay una manera de filmar constantemente “desde fuera” como si hubiera un observador pudoroso que sigue el drama desde la distancia), y que desenfoca lo que en principio parece va a ser su conflicto principal (el enfrentamiento con el despiadado cacique encarnado por un estupendo Jeremy Irons) en beneficio de una historia de amistad de pocas y bien escogidas palabras, de las cuales emerge esa comicidad tan extraña y (en apariencia) inadecuada como finalmente cómplice y entrañable, que ayuda a recubrir toda la película de una pátina de extraña relajación en torno a un puñado de ideas atractivas sobre la ética de la masculinidad. Desafortunadamente está pasada de metraje (la capacidad de síntesis se halla de capa caída en el cine moderno, y más en el norteamericano), resultando arrítmica, dispersa en su empeño en revisitar, turísticamente, cada lugar común del western y su personaje femenino central, y capital, no convence ni mucho ni poco. Al final queda una balada country estupendamente interpretada (en especial por un Mortensen que roba todo plano en el que sale) y bellamente musicada, con un constante aire íntimo que logra transmitir la violenta cotidianidad del oficio de las armas.
Fichas técnicas
Enfrentados (Seraphim Falls) / Dirección: David Van Ancken. Productores: Bruce Davey, David Flynn para Icon Prod. Guion: D. Van Ancken, Abby Everett Jaques. Fotografía: John Toll. Música: Harry Gregson-Williams. Montaje: Conrad Buff IV. Intérpretes: Liam Neeson (Carver), Pierce Brosnan (Gideon), Michael Wincott (Hayes), Ed Lauter, Xander Berkeley, John Robinson, Robert Baker, Jimmi Simpson, Anjelica Huston, Tom Noonan, Wes Studi... Nacionalidad y año: Estados Unidos 2006. Duración y datos técnicos: 115 min. color 2.35:1.
El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford) / Dirección: Andrew Dominik. Productores: Brad Pitt, Dede Gardner, Ridley Scott, Jules Daly, David Valdes para Warne Bros. Pictures. Guion: Andrew Dominik según la novela de Ron Hansen. Fotografía: Roger Deakins. Música:
Appaloosa (Appaloosa) / Dirección: Ed Harris. Productores: Ed Harris, Robert Knott, Ginger Sledge. Guion: Ed Harris, Robert Knott, según la novela de Robert B. Parker. Fotografía: Dean Semler. Música: Jeff Beal. Montaje: Kathryn Himoff. Intérpretes: Ed Harris (Virgil Cole), Viggo Mortensen (Everett Hitch), Renée Zellwegger (Allison French), Jeremy Irons (Randall Bragg), Timothy Spall (Phil Olson), Lance Henriksen (Ring Shelton), Tom Bower (Abner Raines), James Gammon (Earl May), Ariadna Gil (Katie), Luce Rains… Nacionalidad y año: Estados Unidos 2008. Duración y datos técnicos: 114 min. color 2.35:1.
Adrián Sánchez (Gijón. España)
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