por Darío Lavia
Durante siglos, la figura del Diablo ha sido eje del temor en Occidente. Temor a la represalia de las fuerzas religiosas, temor a la oscuridad, temor a la tentación y, en definitiva, temor atávico que no necesita motivo. Para la siguiente recopilación nos limitamos a filmes en los que hubiera una personificación física del Diablo, y no de sus acólitos.
Representar al Diablo en la pantalla equivale a plantear un desafío en todo sentido. Durante siglos, su figura ha sido eje del temor en Occidente. Temor a la represalia de las fuerzas religiosas, temor a la oscuridad, temor a la tentación y, en definitiva, temor atávico que no necesita motivo. Cuestiones de orden moral, religioso y artístico implican que la presencia del Diablo haya sido tratada con cuidado similar al dispensado con otros personajes paradigmáticos (
El Diablo de Méliès
En donde nace el Diablo cinematográfico, Francia, se había manifestado un importante precedente literario, El Diablo enamorado (Le Diable amoureux, 1772) de Jacques Cazotte. Hacia fines del siglo XIX su figura venía siendo utilizada en el ambiente teatral (a través de las fantasmagorías de Robert Houdin), de manera que Georges Méliès (nuestro precursor) reitera conceptos estéticos previos. Méliès utiliza la figura iconográficamente reconocible de Mefistófeles (es decir, el individuo de rasgos afilados, con bigote y cejas puntiagudas, cuernos y porte aristocrático, sombrero con pluma y florete) para salpimentar sus sketches funambulescos, como protagonista o bien personaje del coro. En bibliografías y filmografías del Diablo se suelen citar los mismos dos o tres cortos, aunque es justo aclarar que hay muchos filmes en los que el autor incluyó al Eterno Negador, desde La Mansión del Diablo (La Manoir du Diable-1896) y El Diablo en el Convento (Le Diable au Convent-1899). En esta misma línea habría que mencionar a los varios Diablos representados por Segundo de Chomón, por ejemplo, el particular ente que preside todo un aquelarre fantasmagórico en Le Spectre Rouge (1907).
El Diablo llega a América
En Estados Unidos, mucho antes de existir la noción de un Hollywood, el Soberano del Error ingresa a través de la obra de un húngaro, Ferenc Molnar. Se trata de El Diablo (Az Ördög, 1907), obra inspirada en el clásico Faust de Goethe que se representa en Broadway a partir de 1908 con dos obras rivales que se estrenan el mismo día: la producida por Henry W. Savage con Edwin Stevens como el Diablo y la de Harrison Grey Fiske con George Arliss, siendo esta última la que se impone como ganadora del match. El tema atrae la suficiente atención como para que
El Diablo de Dante
Es en la década de 1910 en que el Angel Caído reaparece, esta vez en medio de la fiebre italiana por las superproducciones épico-históricas que se extienden hasta
El Diablo en
Al parecer, fue el maestro Wladislas Starewicz quien introduce al Amo de
El Diablo en
Durante
El Diablo en Weimar
Al otro lado del charco,
Desdemonizando al Diablo
Tras el precedente alemán, hay que esperar hasta Blade af Satan Bog [Páginas del Libro de Satán, 1921] de Carl Theodor Dreyer (su segundo filme) para presenciar otra sustanciosa e interesante antidemonización del Diablo. Basada en The Sorrows of Satan, or the Strange Experience of One Geoffrey Tempest, Millonaire (1895), novela de Marie Corelli, muestra a Satanás (Helge Nissen) como un ángel caído que quiere agradar a Dios. El Señor, empero, lo condena a vivir entre los hombres para tentarlos permanentemente, y cada vez que provoque la perdición a un alma, la propia condena de Satán se alargará un milenio. Si llega a encontrar un ser humano capaz de resistir sus tretas, estará logrando un mérito a su favor. Así vemos los males causados por el Diablo en la historia a través de cuatro episodios, que comprenden los momentos finales de Jesús, una historia ambientada en
Demonizándolo de nuevo

Es otro danés, Benjamin Christensen, que indaga el mito diabólico a través de la memorable La brujería a través de los tiempos (Häxan, 1922), que plantea la vertiente contraria a Dreyer, es decir, la demonización lisa y cabal del Diablo y todos sus acólitos. Se trata de un conjunto de imágenes ficticias y documentales que componen un collage que representa brillantemente la iconografía diabólica del Medioevo, con sus brujas y sus torturas inquisitoriales, sus trasgos y aquelarres, sus sombras siniestras y monstruosas, en imágenes que parecen sacadas directamente de los arcaicos tratados de demonolatría. En fin, se trata del filme de cabecera que todo demonólogo (de haber conocido el cine) habría querido tener.
Volvamos al Nuevo Mundo. La novela de
A pesar de las numerosas obras sobre la vida de Jesús, hay que esperar hasta La historia más grande jamás contada (The Greatest Story Ever Told, 1965) de George Stevens, para volver a ver el episodio de la tentación en el desierto con el Diablo bajo la forma de un Ermitaño (Donald Pleasence), que resulta ser el culpable de todos los pesares de Jesús, incluida su crucifixión. Las otras dos intervenciones memorables del Señor del Mal en la vida del Salvador se plasman en dos películas de diferentes ideologías. En La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) de Martin Scorsese, en la que el guionista inglés Leo Marks (de los filmes ingleses de culto Peeping Tom o Twisted Nerve) proporciona la voz del Diablo cuando aparece como columna de fuego, y Juliette Caton es la angelical figura con la que el Innombrable convence al Jesús agonizante (Willem Dafoe) de bajar de la cruz y vivir una vida normal. La idea de un Príncipe de las Tinieblas con forma femenina hostigando a Jesús también fue utilizada por el realizador Mel Gibson en la igualmente polémica
El Diablo en solfa
En los años treinta, ante acontecimientos de público conocimiento como la crisis generalizada de la economía, la figura del Ángel Rebelde comenzó a ser objeto de representaciones más soliviantadas, comparadas a las tensas visiones de la década pasada. Algunos novedosos cortos sonoros como The Devil’s Parade (1930) o The Devil’s Cabaret (1930) mostraban a Mr. Satan como Sidney Toler y Charles Middleton respectivamente, ejes de números y revistas musicales ambientadas en el Averno. Más tarde, en Claro de luna en el río (The Music Goes' Round, 1936) de Victor Schertzinger, se vio un Lucifer en la figura oscura del ronco Eddie Rochester Anderson. Los seriales dieron el nombre de "Satán" al científico loco (Eduardo Ciannelli) de El misterioso Dr. Satán (Mysterious Doctor Satan, 1940) y de "Lucifer" al villano (John Davidson) de Los crímenes del fantasma (Dick Tracy Vs. Crime Inc., 1942) de John English y William Witney. En un rapto zoofílico, bautizaron como "Satán" al gorila (Emil Van Horn) que amenaza en Los peligros de Nyoka (Perils of Nyoka, 1942). El cine segregado mostró “Satanes” agresivos y místicos en The Blood of Jesus (1941) de Spencer Williams y Going To Glory, Come To Jesus (1947) de T. Meyer, respectivamente encarnados por James B. Jones y John Watts. La fábrica de cortos cómicos de Hollywood representó al Maligno en la figura de dictadores europeos y asiáticos en I’ll Never Heil Again (1941), memorable corto de los Tres Chiflados, o bien en su superior en la redonda figura de Alan Mowbray como Gesatan en The Devil with Hitler (1942), que es presionado por el directorio infernal: si no logra que Adolf Hitler (Bobby Watson) haga una buena acción, su puesto de trabajo será otorgado inmediatamente al Führer de Alemania. En plena Guerra, sin embargo, El diablo dijo no (Heaven Can Wait, 1943) de Ernst Lubitsch nos relativizó todo lo sobrenatural, el Paraíso y el Infierno, con la emblemática figura Maligna bajo el extenso cuero de Laird Cregar. Digamos que esta apreciación alegórica del Infierno y su Nefasto Presidente tuvo numerosas réplicas, como Bedazzled (1967) de Stanley Donen, The Devil and Max Devlin [vd: Un pacto de mil demonios, 1981], Una rubia muy dudosa (Switch, 1991) de Blake Edwards y otra Bedazzled (Al diablo con el diablo en España), realizada en el año 2000, por citar algunas.
El Diablo en
Los años cincuenta,
El Viejo Scratch
Fausto y Mefistófeles
Y ya que mencionamos pactos, es buen momento para mencionar al Dr. Fausto, leyenda puesta en la historia grande de

Otros pactos diabólicos
Sin distinguirse bajo el manto esquemático de ningún autor en particular, René Clair desarrolló su propio Fausto en La belleza del Diablo (La beauté du Diable, 1950) en la que el viejo alquimista Henri Faust (Michel Simon) está afligido por la cercanía de la muerte, así que Mefistófeles se le presenta ofreciéndole rejuvenecer con la forma de Gérard Philipe pero sin pedir nada a cambio. A partir de ese momento, Henri se dedica a vivir con toda euforia, se enriquece, bebe y se enamora. Es cuando el Perverso sugiere que con un mero pacto satánico podrá conservar todo aquello, lo que termina de plantear el tenor del filme, en que el miedo al demonio está muy por debajo de la satisfacción de los deseos y ansias del ser humano, cuyas pasiones puestas en la balanza pesan más que el temor al pecado.
La contracara de este filme es, en su apreciación diabólica, La mano del diablo (La main du Diable, 1941) de Maurice Tourneur, versión de la novela homónima de Gérard de Nerval sobre un pintor fracasado (Pierre Fresnay) que consigue un talismán ("la mano del Diablo") que le da amor, fama y salud. Pero como no hay nada gratuito en el mundo, transcurrido un año, el demonio llega a

Una visión también europea de una premisa similar es la de Federico Fellini en el segmento “Toby Dammit”, de la antología poeiana Historias extraordinarias (Histoires extraordinaires / Tre passi nel delirio, 1967). Fellini ahorra convenciones contractuales para plantear directamente la historia de un actor (Terence Stamp), el Diablo (Marina Yaru, que surgió luego que Fellini audicionara más de quinientas niñas) y un Ferrari (símbolo de la tentación mundana), con un final que no puede ser más simple, trágico y elocuente. Antes de seguir adelante, recordemos que Stamp encarnó la figura diabólica en la versión terrorífica de Caperucita Roja En compañía de lobos (The Company of Wolves, 1984) de Neil Jordan.
El Diablo en México

En México, un país católico pero también eminentemente receptor de lo sobrenatural, el Diablo ha tenido una representación tradicional pero por momentos madura. En la infantil Santa Claus (Santa Claus, 1958), de René Cardona, encarnado por José Luis Aguirre, es el enemigo natural del protagonista en tanto que en la cándida pero profunda Macario (Macario, 1960) de Roberto Gavaldón, el Diablo (José Gálvez) es una de las tres figuras paradigmáticas, a la par de Dios y
Rosemary da a luz

Es a fines de los sesenta en que el Lucero del Alba regresa en toda su malignidad a la pantalla. Mal como esencia oscura e impenetrable. La bipolaridad de
La vuelta del oscurantismo
Los setenta implican, en lo cinematográfico, la pérdida de la inocencia y, a la vez, una vuelta al oscurantismo de Häxan, un intento de conjurar el Mal a través de la exacerbación del Caído en todo tipo de películas. El huesudo Daniel Emilfork (3) lo encarna en el desenlace de La plus longue nuit du diable [vd: La terrorífica noche del diablo, 1972] de Jean Brismee; el comediante Herbert Fux (cuyo rostro es a la vez cómico y siniestro) lo personifica en Cartas de amor a una monja portuguesa (Die Liebesbriefe einer portugiesischen Nonne, 1977) de Jesús Franco; Victor Buono es un Lucifer vestido de blanco en Profecía diabólica (The Evil, 1978) de Gus Trikonis. En muchos otros títulos, la influencia del Mal se deja sentir a través de sectas satánicas, brujas malditas o que maldicen, jóvenes posesos e indicios sobre situaciones apocalípticas.
El Diablo en Argentina
Es por esa época que el Diablo se instala oficialmente en el cine argentino. Antes, había sido un personaje gravitante en El regreso (1950) de Leopoldo Torres Ríos, donde Satanás (Guillermo Battaglia) concreta un permiso especial con un alma (Santiago Gómez Cou) para regresar a
Comencemos con El familiar (1972) de Octavio Getino, que en tono alegórico pero bajo denso sostén ideológico, se dedica a plantear fuertes críticas sociales de orden político entablando el paralelismo entre la figura del "familiar" (el Diablo según la tradición norteña) y el imperialismo y los militares. Este familiar hace un pacto con un hacendado (que representa a los terratenientes y los capitalistas) para explotar a los labriegos y peones (el pueblo). Pero los "Pájaros" (una representación de los integrantes del grupo guerrillero Montoneros) tratan de resistir tales designios. Una versión más moderada de ese argumento la realiza Luis Saslavsky con Fausto criollo (1979), sobre la obra homónima de Estanislao del Campo (5) (ya llevada al cine argentino en 1923), pero es en Maldición (Nazareno Cruz y el Lobo, 1975) de Leonardo Favio, que se consigue la gran personificación del Diablo en el cine argentino. Conocido aquí como "el Poderoso" y encarnado por un telúrico Alfredo Alcón, su personaje se eleva sobre un filme de logros irregulares. Concluyamos este apartado mencionando que Alcón también encarna a una especie de Fausto en El agujero en la pared (1982) de David José Kohon, frente a un simpático y picaresco Mario Alarcón como "Mefi".
El Diablo se multiplica
Es evidente que, a pesar de no presentar su figura, El exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, y La profecía (The Omen, 1976), de Richard Donner, hicieron mucho por reinstaurar la arcaica imagen del Malévolo como protagonista principal de una lucha supraterrena entre ángeles y demonios cuyos coletazos se perciben en
También delega sus atributos en demonios inferiores como los que parecen atacar en numerosos filmes desde Diary of a Madman [tv: Diario de un loco, 1963] de Reginald LeBorg hasta Satan's Mistress [vd: Ojos tenebrosos, 1982] de James Polakof, o se preocupa por traer un vástago a

El Diablo en los noventa
A partir de los años noventa no pasa año que no se estrene una película en la que el Señor de las Sombras no sea protagonista o, al menos, un personaje del conjunto. Como protagonista en El abogado del diablo (The Devil’s Advocate, 1997) de Taylor Hackford, Al Pacino es John Milton (ese era el nombre del autor de El paraíso perdido), que toma como mascota a un joven y ambicioso abogado (Keanu Reeves), y la trama se encarga de ver hasta dónde puede llegar el chico con tal de escalar posiciones. Versión libre de Fausto, la trama termina resultando insatisfactoria, y queda por encima el magnífico duelo actoral del que podemos sacar la conclusión de que el Diablo de Pacino (que confía más en la gestualidad que en maquillaje o efectos) debería ingresar en la misma antología que los de De Niro, Huston y Jannings.
El Diablo se potencia
En los noventa Satán está muy activo, yendo de un lado a otro del mundo. En una gran cantidad de filmes se muestran las consecuencias de sus manejos, a veces centrándose en el Anticristo (nonato o ya adulto), exorcismos de personas poseídas por entidades del Hades, presencias satánicas no bien esclarecidas, santurrones o beatos que reciben los estigmas divinos, investigadores bibliófilos que constatan autógrafos infernales, etc. Pero el Amo de
El Diablo bueno
Más acá en el tiempo, en el movie-comic Constantine (Constantine, 2005) de Francis Lawrence, el detective de lo sobrenatural John Constantine (Keanu Reeves) afronta un caso de suma dificultad, en que se reiteran conceptos previamente mencionados, como que el villano es Gabriel (la actriz Tilda Swinton, que proporciona a su angélico personaje un atrayente aura andrógino) y que el Diablo (Peter Stormare, que termina salvando las patatas del fuego) viste nuevamente de blanco. Más allá del irregular nivel de este envío, el planteamiento de un Lucifer bueno es interesante como hito del cine. Luego de ochenta y cinco años de Blade Af Satan Bog de Carl Theodor Dreyer, primer intento cinematográfico de comprender al Señor de
Addenda: Satán en España
La literatura clásica española también tiene su aportación a la temática con El diablo Cojuelo (1641) de Luis Vélez de Guevara, en la cual el estudiante Cleofás, huyendo de la justicia, va a parar al desván de un nigromante y astrólogo que retiene en una redoma al diablo Cojuelo, liberándolo de su encierro. El cine español, en coproducción con Italia, ya lo abordó en época tan remota como es 1910 con El diablo Cojuelo / Il diavolo zoppo dirigida por Luigi Maggi, y que aúna el clásico de Guevara con el de Alain-René Lesage (6), con Ercole Vaser como el diablo Asmodeo. Este director, por cierto, tendría debilidad por nuestro personaje, pues en su país natal lo volvería a tratar en Satana (1912), basado en el poema de Milton. La obra de Vélez de Guevara sería abordada de nuevo mucho después con El diablo Cojuelo (1971), de cuyo tono nos haremos buena idea con sólo citar protagonista y director, esto es, Alfredo Landa y Ramón Fernández; pues sí, será una peculiar fusión entre picaresca clásica y las habituales comedias de nuestro macho ibérico en calzoncillos…
Como es de esperar, el personaje fue abordado en España la mayoría de las veces en tono humorístico. En la década de los cincuenta tenemos dos aportaciones en ese sentido. Por un lado tenemos El diablo toca la flauta (1953), de José María Forqué, basado en una historia de Noel Clarasó, donde el diablillo es encarnado por le mítico José Luis Ozores, que aparece por intermedio de una figura cuyos trozos son unidos, y que intercederá, unas veces en un tono humorístico, otras en uno más sentimental, en las vidas de un pintor, un jardinero, un matrimonio, u otros.

Faustina (1957), de José Luis Sáenz de Heredia, por su parte, nos narra cómo un demonio menor es requerido para hacer un pacto con una anciana que desea ser de nuevo joven. Así lo hace, y Faustina comenzará a hacer alarde de su ambición, mientras el demonio intenta sabotearle los planes, pues ella fue un antiguo amor suyo que lo traicionó cuando era mortal. El director oficial del régimen se inspira aquí de forma remota en el Fausto de Goethe, así como en una opereta escrita por él mismo y titulada Si Fausto fuese Faustina. La colorida fotografía por parte de Alfredo Fraile es un punto a favor, y la recreación del infierno resulta efectiva y simpática, presentándolo como una especie de factoría donde el color predominante es el rojo; por su parte, la caracterización de los demonios en su reino (el mismísimo Mefistófeles, nuestro protagonista Mogón, así como el secundario Limpio, encarnado por un brillante Xan das Bolas) los presenta con cuernos (mayores o menores, según su rango) y con una pelambre de macho cabrío a partir de la cintura. Resáltese también que la parafernalia que les acompaña es la estrella de David, de seis puntas, de índole judía, y no la satánica de cinco puntas: ¿censura anti-satánica, o panfleto anti-semita? Protagoniza María Félix como Faustina y un espléndido Fernando Fernán Gómez como Mogón, el diablo que establece contacto con ella.
Seguiremos en clave de comedia con El diablo en vacaciones (1963), de José María Elorrieta, donde un vicediablo, que ha quedado arruinado por el juego, trata por todos los medios de conseguir dinero. A causa de esto se presenta ante Pepe, un casado maduro, al que ofrece la juventud a cambio de, en lugar de su alma, un dinerillo para jugar de nuevo en el casino. Un tanto en el tono festivo de las previas, las facultades de Elorrieta son muy inferiores a las de Sáenz de Heredia o Forqué, su visionado resulta muy grato, en todo caso, en especial por el concurso de su reparto, que incluye a Ana Casares, Antonio Casal, Marta Padován, Jorge Martín y Pastor Serrador.
Con la edad de oro del fantástico español, al fin, el diablo es tratado con la seriedad que se merece. En coproducción con Italia tenemos la muy interesante El diablo se lleva a los muertos / La casa dell'esorcismo (1975) de Mario Bava, donde las calles de Toledo son retratadas a plena luz del día confiriéndoles un tono irreal, ayudado además, asombrosamente, por una versión pachanguera de Paul Mauriat del Concierto de Aranjuez (y la espléndida fotografía de Cecilio Paniagua). La protagonista, Lisa (Elke Sommer) será acosada por un diablo en las formas de Telly Savalas, quien le aporta un perfil irónico provisto de un chupa-chups. Un film extraño y onírico, que fue remontado ferozmente para su distribución en Estados Unidos, conllevando, literalmente, un film nuevo, Lisa and the Devil, donde se intercala un largo exorcismo.
Nuestra estrella nacional del género, Paul Naschy/Jacinto Molina, abordó la figura del diablo en diversas ocasiones. Por un lado tenemos su debut como director con Inquisición (1976), ambientado en
En las postrimerías del género en nuestro país aparece Los ritos sexuales del diablo (1982), de José Ramón Larraz, una obra en la que el cineasta y pintor aborda el tema con mucho erotismo, a tal punto que se estrenó en España con la clasificación S (
Poco después, el cine fantástico español tuvo una nueva resurrección por medio de un grupo de cineastas jóvenes y cinéfilos, y amantes del género en toda su extensión. Álex de
Un aspecto algo más agradable tiene el diablo de La novela puerta / The Ninth Gate / La neuvième porte (1999), de Roman Polanski, co-producción hispano-franco-norteamericana que adapta libérrimamente la novela El club Dumas de Arturo Pérez Reverte. En ella, el buscador de libros Dean Corso (Johnny Depp) va en busca de un incunable que se supone escrito por el mismísimo Satanás. Muy mal tratada por lo general, es una sugestiva obra que deriva su intriga policial-aventurera hacia un viaje metafísico, lo cual queda evidenciado por el título, y donde Lucifer muestra los atractivos rasgos Emmanuelle Seigner, a todo esto, esposa del director.
Darío Lavia (Buenos Aires. Argentina)
Capítulo dedicado a España escrito por
Carlos Díaz Maroto (Madrid. España)
(1) En
(2) En Macario es
(3) En La ciudad de los niños perdidos / La cité de les enfants perdus (1995) el rostro de Daniel Emilfork (el personaje del científico que no podía soñar) resulta familiar.
(4) Quien a su vez se inspiró en un relato previo de Friedrich Heinrich Karl, Freiherr de
(5) CAMPO, Estanislao del: Fausto: impresiones del gaucho Anastasio el Pollo en la representación de esta ópera. Capital [Argentina]: Confluencia, 1999. Reproducción facsímil de la edición de: Buenos Aires: Imprenta “Buenos Aires”, 1866.
(6) El diablo Cojuelo (Le diable boiteux, 1707), imitación de la obra española.
NOTA: El presente artículo se publicó originalmente en la web http://www.quintadimension.com/televicio/ y es reproducido aquí con autorización de su autor y editor. La presente edición está ampliada en el capítulo español con respecto al original.
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