por Ralph Barby
"I love you (Todos podemos amar)" es un relato escrito por Ralph Barby, que amablemente nos ha hecho llegar. Este relato, escrito en catalán y con el título de "Tots podem estimar", ha recibido el Premio del XII Concurso Literario "Roc Boronat" instituido por ONCE-Catalunya.
I love you (Todos podemos amar)
Ralph Barby
Con una suavidad tímida, la cabeza rompió la superficie del agua. Los ojos grandes, muy vivaces, asomaron escrutadores. Aguas oscuras. El mar, la mar, estaba en calma. La amanecida alumbraba con su tenue claridad, podía verse ya definida la orilla de la playa. A lo lejos árboles, palmeras, el recorte de la línea de unas casitas, todo era quietud, la misma quietud de un cuadro acrílico pintado en un largo atardecer canicular.
Tras los ojos luminosos, ya dentro de la mente, la imagen de una mujer joven de largos cabellos oro viejo, pulido por la salinidad marina, que casi volaba por encima de las olas sobre un windsurf. Esbelta, atrevida se desplazaba por el horizonte, las olas la transportaban de norte a sur y de oriente a poniente y la vela coloreada en círculos le daba la impresión de vuelo, semejando dotar de alas a la bella diosa que lo tenía todo. Se desplazaba sobre el mar como un pez, pero era una humana mamífera, un ser alumbrado para caminar sobre la tierra firme.
Estaba tan lejos de la línea de la playa que el silencio era total. De pronto, su corazón aceleró su pálpito. Una figura humana, pequeña aún por lo lejana, apareció en la línea de la playa. La observó sin moverse, muy atento.
Ella caminó de un lado a otro de la línea de la playa, se detuvo, dejó algo sobre la arena y al fin, sucedió lo que él anhelaba: La joven de cabellos rubios se zambulló en las aguas y nadó con suavidad. Tenía brazos y piernas largas y en aquel día de calma perfecta, surcaba las aguas casi sin salpicar, sin levantar espuma, era como si fuera una hija del mar.
Se sumergió y con el poder y la velocidad que le era natural, nadó rápido para quedar cerca de la joven y bella nadadora. Cuando volvió a emerger sobre la superficie de las aguas se halló frente a ella. Ambos se miraron con los ojos muy abiertos. A la mujer debió parecerle que él le sonreía, que incluso trataba de decirle algo que ella no entendía, pero que no podía ser malo. Ella levantó la cabeza, sonrió y dijo:
-Me llamo Alba.
Él soltó una voz corta preñada de musicalidad. La mujer volvió a nadar ahora en oblicuo a la playa, sin prisa por llegar pero decidida al retorno mientras él nadaba a su lado acompañándola, escoltándola, sin exhibiciones de poder ni rapidez; retozaba al lado de la nadadora mientras la miraba y remiraba admirativamente.
Cuando pudo tocar fondo con los pies, Alba se incorporó. Dejaba de nadar para volver a ser la mujer que era. Sacudió su cabellera y, de pronto, él dio un pequeño salto y con el morro le dio un empujón justo en el centro de las nalgas haciéndola caer de bruces sobre el agua. Alba se revolvió rápida, reincorporándose. Se volvió hacia él furiosa, pero al verle palmotear y quizás profiriendo grititos de alegría, no pudo por menos que exclamar: "¡Golfo!", y se alejó hasta la arena para buscar la toalla mientras el sol asomaba tímidamente por el horizonte marino.
Anhelante, él hizo acto de presencia en su lugar de observación durante varios amaneceres. Transcurrieron cinco soles y cuando ya desesperaba, ella volvió a aparecer sola en la playa, iluminando la amanecida con su esbeltez, con su agilidad, con su belleza. Casi tembloroso, aguardó a que ella se sumergiera en las aguas y se adentrara en el mar, era una excelente nadadora.
-¡Uuu, soy Alba! -gritó al descubrirle frente a ella, y él le respondió con su voz alegre, entrecortada y musical-. A que no me ganas -le desafió ella riendo y nadando con fuerza, como inmersa en una competición.
Él pareció entender muy bien la propuesta y se le adelantó con facilidad, luego se sumergió, pasó por debajo de ella y apareció a su espalda emitiendo grititos de satisfacción. Alba tuvo que aceptar la superioridad de él dentro del mar. Él apareció por su derecha, saltó fuera del agua, pasó por encima de Alba y se zambulló a su izquierda sin tocarla. Pasó por debajo de ella en la misma dirección y se elevó de tal forma que ella se cogió a sus aletas. Él aumentó su velocidad natatoria llevándosela consigo y dando un gran rodeo mientras ella gritaba de satisfacción. La llevó hasta la playa y allí, ella le soltó. Jadeante de satisfacción, se puso en pie, el nivel del agua llegó hasta sus rodillas.
-¡Ciao, Golfo!
Apenas consiguió peces para comer en los soles siguientes, contó cinco soles hasta que Alba volvió a aparecer, sola como era habitual. Nadaron y retozaron, la amistad se reforzaba entre ambos aunque procedían de universos distintos. Cuando Alba ya en pie se volvía hacia su amigo marino, dispuesta a despedirse, él sostenía en su boca un pedazo de coral rojo que le estaba ofreciendo.
-¿Para mí? Qué gracia.... - lo tomó de su boca y le acarició la cabeza con su mano libre, él volvió a desaparecer en las aguas.
Qué largos son los soles que naciendo por el horizonte marino mueren tras las colinas sombreadas de la tarde. Aún sabiendo que ella, por su regularidad, no reaparecería en la playa hasta el paso del quinto sol, él acudía una y otra vez a su lugar de observación, con los ojos muy abiertos y el corazón presto a acelerar sus latidos. Había adelgazado, apenas comía y cuando lo hacía, era con desgana. Su pensamiento estaba en la orilla de la playa y no en perseguir a los peces para atraparlos entre sus dientes.
De nuevo apareció Alba. ¿Qué hacía en los tiempos de luna para surgir a la amanecida en la línea de la playa, donde gustaba de bañarse y nadar sola? Pese a la distancia, pudo ver que ella llevaba un colgante en el cuello: era el pedazo de coral rojo, recortado para darle algo de forma adaptable a la canal de sus magníficos y turgentes pechos encerrados en el sujetador rosa del bikini que vestía para el baño. Como de costumbre, dejó sobre la arena la toalla y sus sandalias y se zambulló en el mar para nadar con fuerza, con alegría, con la plenitud de su vitalidad. Se encontraron, nadaron juntos. Él se colocó por debajo de ella y montada como si fuera a caballo, él se adentró en el mar alejándose de la tierra firme hasta que a ambos les dio la impresión de que el mundo era agua, sólo agua.
-¡Uy, estamos muy lejos! -se quejó Alba entre alegre y asustada-. Llévame de nuevo a la playa, que yo soy terrestre.
Él no parecía oírla mientras nadaba alrededor de la bella y joven mujer. Con su cuerpo marino la rozó por el lado derecho y luego, por el izquierdo. La salpicó juguetón y cuando ella se dio cuenta, ya no pudo impedir que él le agarrara las braguitas del bikini con los dientes y de un tirón se las quitara.
-Golfo, ¿qué has hecho? ¡Devuélvemelas!
Él saltó varias veces en derredor de Alba, desconcertándola. De pronto, notó todo el peso de él sobre su espalda y se hundió en las aguas un par de palmos. Quiso zafarse, pero las aletas de él, como si fueran manos, la sujetaron de atrás hacia delante cogiéndola por las hermosas mamas. Alba agitó brazos y piernas para liberarse mientras contenía la respiración y notaba la presión del cuerpo de él contra el suyo. Por entre sus nalgas se abrió paso lo inesperado, suave y duro al tiempo, grande y largo, lo notó sin verlo. Braceó inútilmente sin conseguir escapar al abrazo de él mientras su vagina no podía frenar ni evitar que el ariete marino se abriera paso hasta introducirse en ella. Mientras su colgante de coral rojo se balanceaba dentro de las aguas, Alba consiguió levantar la cabeza, sacar la boca fuera de las aguas y buscar aire a dentelladas mientras notaba firmes sacudidas en su bajo vientre.
-¡Cabrón! -exclamó furiosa.
No supo si gritar, llorar o sumergirse en las aguas para no volver a emerger y lo que más le dolía era que en determinado momento de aquella forzada penetración marina, todo su cuerpo había temblado, desde los dedos de sus pies hasta las raíces de sus cabellos, mientras su mente se llenaba de miríadas de burbujas de colores.
Quedó flotando boca arriba, sin determinación a tomar. Si en sus ojos había lágrimas, se disolvieron en la mar. Él se abrió paso con la cabeza por entre las piernas separadas de ella, prácticamente le puso el morro en el pubis y empujó con fuerza desplazándola con gran rapidez por la superficie del mar. Alba no dijo nada, no hizo nada, quería morirse. Cuando su espalda rozó con la orilla, aturdida aún, se reincorporó, se sentó sobre la arena con su cuerpo medio desnudo; él ya había desaparecido.
-Dios, ¿habrá sido un sueño, una pesadilla?
De nuevo se sucedieron los soles, uno tras otro, hasta cinco y a la amanecida reapareció Alba llevando algo entre sus manos. Él dejó pasar el tiempo, mas al ver que ella no se zambullía en el mar ni parecía que fuera a hacerlo, nadó despacio y tímido hasta la playa, hasta que su panza rozó la arena.
-¡Te voy a matar, hijo de mala madre! -espetó Alba.
Entre sus manos, un fusil submarino. El arpón listo para ser disparado apuntó a la espalda de él, justo por detrás de la cabeza. Él había visto en otras ocasiones un arma como aquella, había visto como buceadores traspasaban de parte a parte los cuerpos de los peces. Alba sólo tenía que apretar el gatillo del arma acuática. Lo miró con rabia y él le devolvió la mirada parpadeando lentamente. Cerró los ojos, extendió las aletas a los lados y bajó la cabeza. Alba comprendió que aquel ser, más inteligente de lo que podía suponerse, había captado lo que ella iba a hacer y se entregaba sumiso a su destino.
-¡Cabrón, así no se puede! -arrojó el fusil de pesca submarina al suelo y se alejó corriendo mientras sollozaba.
Y los soles se sucedieron... Primero fueron cegadores, tórridos, soles y más soles que se fueron enfriando como las aguas. Él se había alejado de sus amigos, la manada nadaba lejos. De cuando en cuando, al sentir el zarpazo agudo de la soledad, lanzaba su voz, sus gritos, por encima y por debajo de las aguas sin obtener respuesta alguna mientras no cesaba de acudir a su lugar de observación frente a la playa. Adelgazaba y adelgazaba, si seguía así terminaría por no poder cazar lo suficiente para su sustento. Soles de tormenta, mar embravecido, no, no la vería nunca más, ese era su castigo. Hubiera preferido que ella le matase, así el sufrimiento habría terminado. El mar habría engullido su cuerpo herido y hasta la última célula de su cuerpo habría terminado por desaparecer, dando vida a otros seres de la mar.
No podía creerlo... Cuando los soles estaban adquiriendo de nuevo fuerza, cuando aparecían en la mar flores caídas, la figura de Alba asomó en la playa. No parecía la misma, su vientre estaba muy abultado. Se despojó de las ropas y comenzó a adentrarse despacio en el mar. Él la observaba atento, y vio como ella no hacia nada por nadar; se había adentrado en las aguas lo suficiente como para no hacer pie y luego se había abandonado a su suerte. Él, que había presenciado no pocos naufragios en la costa africana, se apresuró a nadar hacia ella, y lo hizo con fuerza, casi con desesperación. Le gritó, pero ella no quería reaccionar. Con el morro le sacó la cabeza del agua y luego la fue empujando hasta llevarla a los acantilados de color dorado. Una gran oquedad dejaba que las aguas espumosas se adentraran en la tierra.
Como pudo, temiendo lo peor, la introdujo en la cueva en cuyo fondo, al parecer, había unos agujeros por donde poder ascender a lo alto del acantilado. Él palmeó con sus aletas, su voz se hizo estridente. Alba había quedado sobre la arena boca arriba, medio cuerpo sumergido en las aguas. Comenzó a gemir, a quejarse de dolores. Sus piernas se separaron, su sexo se abrió. El tiempo pasaba y algo se movía. Él miraba fascinado, no sabía qué hacer, pero la naturaleza puso mucho, el todo de su parte y la nueva criatura escapó del cuerpo de Alba. Todavía en el agua, ella la observó desconcertada.
-Dios mío, si es una sirenita...
Él se acercó a la recién nacida todo lo que el nivel del agua le permitió y cortó el cordón umbilical con sus dientes. Alba, exhausta, dejó que pasara el tiempo y la placenta escapara de su cuerpo. Se incorporó, y cogiendo a su hija, la apartó de él.
-¿Qué voy a hacer contigo, criatura? Si vives, te meterán en un acuario, o en un tarro con formol si mueres, te estudiarán, te exhibirán... Es mejor que no...
Él no entendía las palabras de Alba, pero sí debía comprender lo que pasaba por la mente de la humana: había mucho miedo en ella. Con gran habilidad se hizo con la criatura que de cintura para abajo era como él y de cintura hacia los cabellos, como Alba, y se la llevó hacia las entrañas del mar.
-Mejor así -musitó Alba. Cuando se hubo repuesto, trepó por la pared y salió de la cueva, alejándose de allí.
Como si el mar la llamara, al sol siguiente, Alba volvió a la playa y nadó suavemente. Sintió que unas manitas se agarraban a ella y unos labios apresaban uno de los mugrones de sus pechos cargados de leche. Vació primero una mama, luego la otra, sin ver a la pequeña que vigilada por él, se sumergió de nuevo en las aguas. Y así se zambulló en el mar dos veces cada sol hasta que los nubarrones de tormenta agitaron el mar con violencia y las olas se tornaron altas, agresivas. Alba contempló el mar oscuro y se dijo que quizás todo había sido un sueño, pero un colgante de coral restallaba en rojo entre sus hermosos y níveos pechos.
Original de RALPH BARBY
Costa Dorada, verano del 2008

Este relato escrito en catalán y con el título de "TOTS PODEM ESTIMAR" ha recibido el Premio del XII Concurso Literario "Roc Boronat" instituido por ONCE-CATALUNYA.
En la traducción castellana del propio autor podía haber puesto "Todos podemos amar", pero como en principio bailaba en mi mente el "I LOVE YOU", así lo dejo.
Barcelona, 24 de marzo 2010.
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